martes

PABLO NERUDA Y MATILDE URRUTIA



LXXXIX
Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos:
quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
pasar una vez más sobre mí su frescura:
sentir la suavidad que cambió mi destino.

Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero,
quiero que tus oídos sigan oyendo el viento,
que huelas el aroma del mar que amamos juntos
y que sigas pisando la arena que pisamos.

Quiero que lo que amo siga vivo
y a ti te amé y canté sobre todas las cosas,
por eso sigue tú floreciendo, florida,
para que alcances todo lo que mi amor te ordena,
para que se pasee mi sombra por tu pelo,
para que así conozcan la razón de mi canto.


Como el artificio del poeta es transfigurar la realidad, él rearticuló su voz a la de ella, para juntos generar magníficas creaciones. Capitán y musa harán en adelante que cada obra sea la hija de ambos, compensando la imposibilidad de tener los propios. Matilde-Amor, entre la popa de su última obra y la proa de "Los Versos del Capitán", principio y final, y no sólo en los libros, también en sus casas, especialmente en "La Chascona" quedan las cenizas del fuego no consumido. Allí está la higuera y las flores de Chillán, los nombres entrelazados en la fusión tierra y mar, los escalonados muros y rincones donde resonaron los sonetos y vivieron su amor. Allí se veló una terrible noche de septiembre de 1973, la última estadía del poeta en su casa, y allí doce años después se cerró la luz de los ojos de Matilde. Ambos partieron de noche para reencontrarse para siempre.

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